martes, 14 de octubre de 2014

DIEZ ESCENAS AMABLES.

DIEZ ESCENAS AMABLES. Estos retratos los encontré de forma casual y fugaz. Unos paisajes cuyas figuras no posaban sino que pasaban ante mí sin detenerse, sin verme. Por eso algo tan sencillo me llevó mucho tiempo. Varios meses. Nada de lo que aquí escribiera tenía que ser inventado sino real. Como esas instantáneas que buscan afanosamente los reporteros gráficos. Cualquiera podría haberlos visto, no son extraordinarios. De ahí que fueran tan conmovedores para mí y decidí guardarlos en mi memoria.
UNA. Hay dos manos que se entrelazan. Una, la de mujer, tiene los dedos muy deformados, evidentes signos de artrosis. Su suave piel de pergamino deja transparentar venillas azules. La mano es de una anciana. La otra, la que la toma, es más joven. Fuerte. De un hombre maduro. Probablemente debe tratarse de su hijo. El sol entra a través de una cristalera. Es una tarde fría y hermosa de noviembre.
DOS. Lo que a primera vista podría pensarse que son dos granos de arroz hervido, en realidad son dos dientes incisivos de la mandíbula inferior. En efecto, se trata de la sonrisa de un bebé que estrena una nueva mañana y se alegra de ello.
TRES. Una mujer joven se recoge el pelo levantando para ello sus brazos. Echa para atrás la cabeza y la agita, como mueve el viento un campo de centeno. Consigue dominar el cabello que contiene por unas décimas de segundo un rayo de luz del mediodía y por fin, se construye una coleta que luego ondea por la avenida arriba, poderosa, al ritmo de sus pisadas, de su joven corazón ingobernable.
CUATRO. Sala de espera de un hospital de provincias. Cabezas vencidas por el sueño, manos mostrando preocupación… En el centro de la sala una joven familia gitana. Esperan a un familiar. El padre, un hombre joven, moreno con coleta negra y brillante besa sonoramente a su mujer, una chica también joven que amamanta a un bebé un poco llorica. Una chica, la hija mayor o quizá una tía, de no más de trece años chancletea mientras pasea a otro nene. Por donde pasa hace carantoñas a otros niños. Hay una corriente de afecto que salpica al resto de la gente de la sala, incluida una señora de unos cincuenta años, que hacía poco suspiraba y ahora sonríe abiertamente. El altavoz anuncia. .”Familiares de…..” El niño que está en un box, con cara de estar malito, medio sonríe al ver entrar a su padre. Luego juegan a hacer un lazo con el tubo transparente del suero. Una máquina hace bip bip…
CINCO. Una pareja bajo la sombra de un paseo. Él retiene el brazo de ella. No lo suelta, lo acaricia. Ella balbucea una frase y la vuelve a repetir. Él trata de descifrarla. La pareja ronda los setenta años. No más. El hombre viste una camisa de manga larga color crema que le da un aire distinguido. Su cabello blanco aún abundante y una sonrisa le hacen atractivo y agradable. -Me hablas de la camiseta blanca que te compré, María.- Traduce él. Ella vuelve a balbucear y él como respuesta vuelve a acariciar su brazo y asiente con la cabeza. Luego, después de un rato, la pareja sigue su paseo por la avenida protegida por la sombra de los olmos. El hombre empuja la silla de ruedas. La mujer cierra los ojos y respira el aire fresco de la mañana.
SEIS Un niño y una niña como de doce años. Por la naturalidad con que se cogen de los hombros tienen que ser hermanos. Llevan cogido de la correa a un perro de pelo claro y mirada apacible que camina delante de ellos con calma, mirando a los gorriones. La calle está poblada de sonidos familiares. Los niños ríen sonoramente y el perro ladra. También se ríe al parecer. Una bandada de palomas se asusta y huye con estrépito de alas. Parece que es domingo.
SIETE. Hoy también es domingo por la tarde. Un pueblo pequeño .Sol de verano. Una fuente con un grifo que gotea humedece un parque minúsculo. Una muchacha de unos quince años con el pelo largo está muy hermosa mientras llora. Lo hace en silencio y las lágrimas se le desbordan por las manos que intentan detener el llanto. A su lado está un chico de su misma edad, poco más o menos, sentado a su lado , la mira muy serio y le ofrece un helado de limón, como para consolarla. Hay dolor de primer amor en cómo se miran. Dolor de primer desamor al final de un verano entre la sombra de los árboles de este pequeño parque.
OCHO. Cuatro amigas comen hoy juntas al aire libre. Andan por los cincuenta. Comparten la ensalada de arroz, el gazpacho, la empanada y el sorbete de limón. Cada una trajo algo de casa pero dejó a la familia. Hoy toca mujeres solas. Beben refrescos quizá algo de vino o cerveza. El sol pica en la espalda. La piscina está azul y desierta a estas horas. Sus risas resuenan entre los pinos. El tiempo ha pasado por ellas, por sus cuerpos , como el río pasa por las piedras dejándolas más redondas y suaves. Sus carcajadas contagian a los gorriones. -¡Qué fresquito está el sorbete de champán! -¡De limón! -Eso, de limón. Dame un poco más. Luego se bañan y su piel y su pelo y sus ojos brillan como si fueran chiquillas. Y gritos. Y el agua fría. Y el tiempo sigue pasando...y bueno y qué….
NUEVE. Una mujer de edad incierta como el futuro, como la luz de la avenida , camina llevando de la mano a su hijo. Éste camina balanceándose de izquierda a derecha apoyando solo las puntillas de sus pies mientras gesticula con las manos que dobla con gran agilidad por las muñecas. Tendrá quizá quince o dieciséis años y unos movimientos que recuerdan a un pájaro. Me cruzo con su sonrisa amplia que deja ver sus dientes y su lengua. Yo también le sonrío y le saludo pero no me responde. Su mirada ya se ha ido hacia otra parte. Sólo mueve sus manos atrapando sombras en el aire. La madre lo atrae hacia sí y ensaya un saludo mitad hola mitad adiós. Sigo caminando. Los dejo atrás. Pienso en sus gestos incomprensibles y termino diciéndome que quizá no haya por qué comprenderlo todo. Tan solo aceptar que hay niños, que hay pájaros que no vuelan.
Y…DIEZ como un pequeño susto ha llegado de no sé dónde. Demasiado pronto para octubre. Aquí, en ese recodo de la avenida suelen estar ellos: un joven abuelo y su nieto. A veces también está la abuela. Aparcan su furgoneta y extienden una manta para que se siente el niño. Éste esparce sus juguetes. Muñequitos de plástico que se suben al bordillo, que se meten al alcorque y trepan por un árbol. Componen una escena apacible y cotidiana cada domingo. Yo me los encuentro y hago conjeturas sobre su presencia allí. Quizá vivan en una casa demasiado pequeña… ¿Y si este fuera el modo de resolver una visita semanal a un nieto al que no pueden ver de otro modo…? Una familia partida en el quicio de cada fin de semana…, quien sabe, qué más da. Ellos dejan pasar el tiempo sin prestar atención al tráfico que pasa junto a ellos. Es como si hubieran convertido la calle en su cuarto de estar, ajenos a todo. Mirando complacidos al niño que juega.
...Y seguiré persiguiendo imágenes de gente, de pájaros y un poco de verdad. Texto :Felipe Gutiérrez. 2.014.

8 comentarios:

Jose Carlos Hita dijo...

¡Enhorabuena Felipe! tanto por el blog como por tu última joya.La verdad es que después de leerlo, a mi que siempre tuve esa obsesión por decantarme por las cosas cuando hay varias alternativas, me crea un problema decidir cuál de los diez me ha gustado más.No sé si escribirlo...lo haré.Y para disimular en inglés:The winners are 1,2,4,5...jo ¿cuántos puedo poner?.
Gracias.

Felipe dijo...

gracias,Carlos tus comentarios siempre me han animado mucho a seguir escribiendo.

Carlos San José dijo...

Querido Felipe, siempre creo que las mejores historias y los mejores personajes para escribir, son los anónimos. Esos que nos rodean cada día y que no salen en la tele, ni en los libros, ni tienen calles con su nombre.

Además, estos relatos tuyos consiguen algo nada fácil: expresar sentimientos, dolores, alegrías y contar una historia en tan pocas líneas.

Felicidades y gracias por dejarnos leerte. Un placer.

Abrazos

Carlos

Angela Rivero del Barrio dijo...

¡Me encanta! Sobre todo la 3 y la 5, la cuatro la veo de otra manera a como la ves tu. Vas a tener que hacer coloquios complementarios al blog para poder hacer comentarios los que no sabemos escribir porque creo que tus escritos provocan en el lector muchas divagaciones filosoficas.

Felipe dijo...

Estupendo, Ángela, el coloquio ya está abierto, basta con que añadas tu forma de verlo...encuanto a eso de la gente que no sabemos escribir... no estoy de acuerdo. Escribir no es privativo de nadie. Todo el mundo puede escribir, cantar o pintar, al único que se le debe pedir permiso es a uno mismo. Un beso.

Angela Rivero del Barrio dijo...

¡Vaya, otra vez que no me explico!
No es no permitirme no escribir, es la sensación que me queda de no haber dicho lo que quería decir, pero bueno, allá va: El niño del número 4 no me parece que esté malito ni convaleciente, yo le veo en casa de los abuelos oyendo sus historias con cara de ensoñación porque está recordando lo bien que se sintió por la mañana en el cole cuando la niña del pupitre de delante le sonrió

Felipe dijo...

El que no me he explicado soy yo, Ángela. Las imágenes que tú ves no son las que han inspirado mi texto. Todas ellas son una mera ilustración. Yo el texto lo he escrito de la observación directa de la escena. Los personajes realmente los vi, me los encontré por la calle,por el hospital o donde fuera. Claro, esa imagen no se corresponde con la fotografía , es normal.

Clara dijo...

Es bonito ver cómo a pesar de estos tiempos locos sigue habiendo escenas amables :)